El sábado pasado he conocido a un héroe. A lo mejor puede parecer un héroe pequeñito, al lado de los ingenieros de Fukushima, pero yo creo que no es más pequeño ni más grande. Cada héroe está en una circunstancia diferente, y ofrece el máximo de sí mismo de acuerdo con lo que esta requiera.
Colaboro desde hace muchos años con la ONG Delwende, que sostiene económicamente los proyectos que las Hermanas de la Consolación desarrollan en África, Asia y Latinoamérica. ¡Uf, cuánto me ha costado escribir “hermanas” y no “heroínas”! Porque las voluntarias de la ONG estamos aquí buscando financiación, pero las religiosas se van a contraer la malaria, a dar la vida por sus amigos en la primera línea del hambre y la pobreza.
Pues bien, el sábado estábamos desarrollando una actividad para obtener algunos fondos y se me acercó un hombre joven. Me saludó muy cordial y me dijo: “Mira, Carmen, yo soy socio de la ONG desde hace algún tiempo. Me hice socio aportando diez euros al año porque no podía dar más. ¡Pero hoy sí puedo! ¡Toma!” Y me dio un sobre que tenía dentro muchísimo dinero. Tanto que el resultado del día fue cien veces mejor de lo que habíamos esperado. Me impresionó mucho esta generosidad. En seguida me di cuenta de que este buen hombre era también, a su manera y en su momento, un héroe. Porque quien es capaz de pensar en una ONG cuando le cambia la fortuna, en vez de pensar en gastar el dinero o guardarlo, es capaz de hacer muchas otras cosas también si llega el caso. Por eso no estaría de más que fuésemos reconociendo aquí a nuestros héroes cotidianos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres que también transforman la realidad. Son todos aquellos que hacen realidad la vieja máxima kantiana sobre la ética: Deber es poder.
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